La orden de enseñar

La semana anterior vimos que hay una orden urgente de discipular a las personas a las que les predicamos. En el Reino, nadie queda solo, todo recién nacido es involucrado en una familia de fe que se encarga de ayudarle a crecer a través del discipulado. Ese es el ideal del Señor con respecto a su iglesia.

Estamos más o menos familiarizados con el término “discipulado”, aunque tal vez no alcancemos a entender la profundidad de esto. Por eso Jesús agrega qué se espera que enseñemos en ese discipulado.

Jesús les da el “contenido” de la materia que les pide que dicten: “todas las cosas que os he mandado”. Y les da el objetivo pedagógico: “que guarden”. El Maestro les está diciendo que no solo transmitan una enseñanza, sino que se ocupen en ver que la misma sea llevada a la práctica.

Vemos muy claramente que enseñar no implica solo transmitir ideas, sino acompañar hasta que la persona sea capaz de hacerlo por sí misma.

En todo ámbito de enseñanza existe una instancia evaluativa, donde el alumno demuestra lo aprendido. Cuando éramos pequeños se nos enseñó a sumar y para ver si habíamos aprendido, se nos daban ejercicios, a medida que el aprendizaje fue adquiriendo complejidad, los exámenes también eran más complejos. Pero esos ejercicios son los que nos permitieron hoy, en la adultez, poder comprar, pagar, hacer cálculos mentales y lo necesario para la vida cotidiana.

Es curioso que, siendo herederos del Gran Maestro, en la iglesia no se haga hincapié en ver si los discípulos están llevando a la vida práctica lo que van aprendiendo, para que no quede en un discurso aprendido de memoria, sino que se traslade a una vivencia cotidiana que se realiza con excelencia.

El énfasis de enseñanza de Jesús no estuvo en los que tenían que enseñar (todo lo que Él había mandado a los apóstoles), sino en el efecto que tendría que causar en los discípulos: obediencia a los preceptos.

Hay una orden urgente de discipular y enseñar, pero esa enseñanza implica mirar por los discípulos, que sean capaces de poner por obra la enseñanza, no solo transmitir conceptos y que ellos vean qué hacen con esa enseñanza. Es por eso que el discipulado no puede ser multitudinario, porque no podemos velar por todos, pero sí podemos hacerlo por algunos a quienes hayamos evangelizado previamente o el Señor nos haya encomendado. La iglesia necesita volver a una “discipulado artesanal”, donde cuidamos y nos ocupamos de que los discípulos lleguen a la estatura de la plenitud de Cristo.